Siempre temo decir la palabra «bonito».
El primer día de la universidad hicieron una diferencia abismal entre los que estábamos entrando a ese privilegio que es estar en una universidad pública de renombre. Hablaban de la base con la que llegábamos todos. Nos cerraron la puerta con llave: los que describen o justifican algo como simplemente «bonito» o «bueno», carecían no solo de lenguaje, sino que el pensamiento se iba moldeando y limitando. Y claro. Si manejo más de tres mil palabras probablemente mi mente va a procesar ideas mágicas y sutiles. De esas que van acariciando por dentro de tu frente. Vas a poder construir castillitos de arena brillante, tibia y húmeda. Pero, ¿qué pasa con lo que es simplemente bonito? Temo decirlo. ¿Estoy simplificando o siendo floja?
Estas cosas que me han estado pasando han sido agrias. Llevo tiempo tratando de asumir la acidez. Como comiéndome un limón y arrugando la cara en su máximo potencial. Sufriendo en cada sorbo. Destruyéndome los dientes. Pero tragándome cada gota con orgullo y vigor. Porque la acidez de un limón hace sufrir, pero sus vitaminas te van llenando de fortalezas, de armas para comerte todos los limones venideros.
Ahora estoy en un punto bonito. Donde poco a poco estoy preocupándome de esos sorbitos dulces que va entregando la vida. Agradeciendo al vecino por cada saludo. Escuchando a los amigos. Vivir este dulceagraz que es este tiempo.
Y es bonito.
Porque evoca ternura e inocencia. Se aproxima sin rasgarte el alma. Llega tímido a sacarte una sonrisa y a hacerte un cariñito pa’ el alma. No tiene grandes pretensiones más que ser amoroso y gentil. Y ese colorcito celeste verdoso de manantial un poco enturbiado, pero simplemente puro como el musgo del riachuelo, es bonito.
Es como sentarse a mirar a los bichitos en su día a día. Como recorren cinco metros y te pones en su lugar y piensas cuánta realidad hay en ese camino. Cuantos pensamientos, ansiedades, orgullos y errores estarán viviendo en su mundo minúsculo y perfecto.
Es bonito sentir que el tiempo a pesar de estar repleto de preocupaciones te tiene algunos salvavidas para mantener la cordura.
Pero esa belleza es frágil y quizás la pierda pronto. Quizás esta casita que me armé dulce y agraz la voy a terminar derribando. Y mi castillito de arena tibia, brillante y húmeda se va a evaporar porque simplemente la construí desde lo bonito y no con 3 mil palabras.

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