A veces no duermo. Me quedo en la noche pensando e ideando vidas perfectas. “¿Qué tal si desde mañana aprendo japonés? Desde mañana comenzaré a planificar mi rutina diaria: comienza a lavarte religiosamente los dientes. Nunca lograste el hábito. Un desayuno saludable, ejercicio por la mañana, meditación… a las 9 de la mañana ya empezarás tu día productivo, y como ahora eres independiente, manejarás tus proyectos de una manera tranquila, libre del estrés y de la inseguridad constante de no hacerlo lo suficientemente bien”.
Pero la verdad es que todos esos intentos de organización de un día para otro se desvanecen y es que esa inseguridad de no hacerlo bien, de no ser la mejor, es una angustia que va y viene. La verdad es que me sentiría perfecto si no tuviera que vivir de dinero y simplemente dedicarme a hacer cosas por placer.
Ya a mis 31 años siento la necesidad de jubilar, retirarme de la vida productiva. Odio esa palabra: productividad. También odio la palabra “proactividad”. Si lo piensan detenidamente, es un concepto que inventaron para que la gente viva bajo la presión de la actividad constante. Del no parar, correr, proponer, crear, ejecutar. De solo pensarlo dan ganas de pegarse un tiro, tirarlo todo a la borda. Solo con eso me doy cuenta que no soy esa clase de persona. Quiero vivir tranquila, disfrutar la vida y no producir. Si hay algo que odio es producir. ¿Para quién producimos? ¿Para nosotros? ¿Para la sociedad? Estoy inmersa en un país en que se produce supuestamente para uno, pero el noventa por ciento de esa ganancia se va a un diez por ciento de familias y el dos por ciento al estado. Y claro, no nací con una chispa que me llamaba a ser empresaria ni a emprender. No sé si es una chispa o una evangelización que simplemente me perdí en alguna etapa de la vida. Quizás fue en una de esas tantas clases a las que no asistí en el colegio.
Nunca me gustó el colegio. Detesté ir al jardín infantil. Eran recintos de clase media. Acá le llamamos clase media a la gente que tiene que vivir endeudada para conseguir tener una vida algo más llevadera: tener algún que otro libro, tener comida suficiente e incluso darse el lujo de vez en cuando de tener celebraciones con asado y gaseosas, tener televisión y salir cada ciertos años de vacaciones a alguna zona del país visitado por gente similar a ti.
Nunca me gustó ir al colegio ni nada que se le pareciese. Ya en el jardín de infantes recuerdo que mi madre me llevaba de la mano mientras yo lloraba desconsoladamente. El jardín quedaba a un par de cuadras y ese trayecto se hacía eterno. Yo le pedía a todos los dioses que mis llantos generaran algún efecto a mi progenitora, pero solo generaban rabia y una profunda sensación de alivio cuando me dejaban en la puerta del recinto.
Mi primer día de colegio fue igual, sólo cambio de 2 a quince cuadras de lágrimas que salían a chorros, mis pulmones trabajando tanto como un viejo montacargas, la sensación de no querer seguir viviendo aquella pesadilla y en la entrada del colegio, se observaba como un campo de concentración: un patio de suelo de gravilla, sol, filas y filas de niños y niñas de 4 años y adultos con letreros indicando número y letra de curso, llamado a sus futuros rehenes de salón. Filas de pequeños seres humanos en blanco, preparándose para ser moldeados en ciudadanos de bien, en el más neutral de los casos. Esa imagen la tengo muy presente. Primero, me sentí abandonada nuevamente, segundo, la explanada con la multitud moviéndose sin comprender qué rayos sucedía me dejó algo atónita y nunca fui una niña con mucha personalidad, sedienta de enfrentarse a nuevas experiencias sociales. Me encanta salir y aprender cosas, siempre que no implique tener que interactuar con gente.
Lo curioso es que siempre destaqué como buena alumna. Si algo aprendí con mi terapia es que soy una persona obediente y no me gusta perder, me siento humillada. Y aprender cosas se me hacía fácil. No requería riesgos ni grandes proezas. La escuela no era de elite, por lo que no tenía que realizar grandes cosas para obtener resultados destacables.
No quiero esforzarme tanto, pero a la vez debo hacerlo para funcionar en la sociedad. Mi cien por ciento es literal y no tengo vida para dar tanta vida. Necesito dosificar. Necesito entregar poquito, no claudicar.
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