Amor en tiempos de cuarentena le dicen.
Repasé mis escritos cuando recién nos separamos. Los leo y lloro. Son escritos desesperados, sin ganas de vivir. Rozando el patetismo. Sin orgullo y viviendo la degradación completa de la autoestima. Me miro ahora y veo lo huérfana que me sentía. Había perdido mi hogar. Ese espacio tibio de alegrías, decepciones, seguridades, pasiones y risas.
El problema es ese. No es un amor romántico por el que se llora. Es la imagen de familia que construiste. Es el futuro que creías más o menos cierto. Son los cimientos del territorio que creías ya haber conquistado. Y así de terrible fue el costalazo de realidad. Darse cuenta que las palabras y emociones expresadas con los años eran mentiras. O peor aún, simplemente frágiles y fáciles de borrar.
Sí, fueron 15 años. No se borraron tan fácil, dirán algunos. Pero ese es el tema. Yo quería envejecer con él. Pasar todas las tormentas. Apostar siempre por nosotros. Mamarme sus penas, que él se tragara también las mías. Ser compañeros, cómplices, sidekicks. Eso éramos y eso perdí. Y no, no era mi otra mitad. No es mi alma gemela. Simplemente nos habíamos elegido.
Ahora veo lo violento que se volvió todo. Leo un texto donde digo que intenté todo por complacerlo y que nada funcionaba. Dice «intenté ser más espontánea, más sexy». Como si eso no fuera parte de mí. Lo soy. Y lo dejé hacerme creer que no lo era. Si dejé en algún momento de mostrarme como realmente soy con él fue solo respuesta de la rutina enfermiza de lamentos eternos y fatalistas en la que él nos envolvió (y sí, me dejé envolver, por preocupación y dedicación, y nunca me arrepentiré de eso). Además, apelar a la espontaneidad constante, al juego eterno, no es parte de mí. Yo me preocupo, mido las consecuencias. Tengo cuidado por mí y sobre todo por quienes me rodean. Sí hay que dejar de preocuparse de estupideces como lo políticamente correcto y la moral. Y justamente esa era una de las cosas que me criticabas. Si me ponía intensa cuestionando a alguien, te encogías en vergüenza. Qué cobarde, cuando eras tan desagradable siempre con el resto, con los que «no te importaban». Pero claro, eras desagradable para mostrarte y achicarle el ego al resto. No para demostrar un punto real ético.
El otro día fui así de apasionada para hablar con alguien. Y después me avergoncé de mi «agresividad», y sólo recibí buena vibra y curiosidad por conocer ese lado mío.
Pero ahora te digo. Estoy teniendo mucho mejor sexo que el que tenía contigo. Y vaya qué buen sexo podíamos tener nosotros. Eso superé corazón. He superado los límites. Me siento viva y de vuelta en mi valía.
El viernes fue mi cumpleaños. Me saludó tímido. Yo ya orgullosa. Dijo de manera autocompasiva que era saco hueas. Yo le dije «Tú te lo perdiste». Él respondió que yo tenía «potencial de mil millones». Esa mierda de frase fue la que me destruyó con los años. En realidad no era la frase. Fue la exigencia de que me convirtiera en no sé qué imagen que él se había construido con el tiempo. Esa imagen en el último tiempo fue la que carcomió mi vida y autoestima. De no ser suficiente. De no estar alcanzando lo que se supone un x ve en ti. ¿Quién mierda se creía al decirme eso? ¿Qué logró él para poder medirme? Era él el perdido. Yo soy suficiente. Yo soy quien maneja mi potencial. Estoy completa. Así, en este momento de mi vida, con mis fallas y grandezas a la vez. Con esta personalidad y humor, con estas ganas de trabajar para otros y también ser independiente y no saber aún tomar la iniciativa para lograrlo. Así de llena de conflictos y dudas, llena de certezas y ambiciones concretas; esa, yo, siempre debí ser suficiente y hermosa, perfecta, gil culiao.
Pero entiendo tu vacío. Al final los dos queríamos dos cosas de la vida. Yo quiero hacer cosas que importen. Tú querías liberarte del mundo y viajar. Esas dos vidas no son compatibles. Porque yo prefiero amarrarme a una oficina, aunque sea móvil, para liberar a otros. Yo prefiero llenarme la vida con trabajo emocional y encuentros que algo aporten a mejorarla la realidad a alguien. Así que sí… la vida nos separó porque él estaba repleto y cansado de la realidad. Nunca tuviste el mismo bicho que yo. Ni la misma hambre, ni el mismo cuidado.
Deja un comentario